"Whatever our souls are made of, his and mine are the same; […] My love for Heathcliff resembles the eternal rocks beneath: a source of little visible delight, but necessary. Nelly, I am Heathcliff! He’s always in my mind: not as a pleasure, any more than I am always a pleasure to myself, but as my own being.”- E. Bronte, “Wuthering Heights”
Era el primer día de septiembre de hace muchos años. Septiembre, mi mes preferido, el inicio del otoño, las calles se llenan de los colores de mi país y es el mes de mi cumpleaños. Desperté por primera vez rodeada por tus brazos.
Al despertar te fuiste a recoger el velero de tu hija, yo me fui a caminar por el pueblo. Nos quedamos de ver en una colina, junto a la cruz, poco después del mediodía. Caminé por los callejones lavados por la lluvia de la noche anterior, esquivando los charcos que quedaban entre las piedras. Compré unas servilletas bordadas de azul añil y rosa mexicano a la señora sentada a media plaza, pan dulce a un señor que pasó en su bicicleta y unas cucharas de madera a un niño que traía una canasta llena de ellas. Me senté en la plaza a comer una paleta de tamarindo. Seguí caminando sintiendo el sol que brillaba y calentaba mis brazos descubiertos, yo sentía que la luz venía de adentro.
Recordé tus labios húmedos en los míos, tus ojos viénome desde arriba. Reímos contándonos historias con la escasa luz que se desprendía de la chimenea. El poco rato que dormimos lo hicimos entrelazados, arrullados por la lluvia que cayó toda la noche.
Llegué antes que tú a la cruz y me senté a leer sobre una historia de amor siglos antes que la nuestra. Sentí cierta equivalencia entre nuestra historia y la que leía, buscaba descifrar entre las páginas la forma de estar siempre juntos, nuestra historia debía tener un final diferente. Entre una página y otra veía el pueblo desde arriba. Llegaste y te sentaste a mi lado. Platicamos disfrutando el poco rato de sequía que quedaba antes de la lluvia esperada de la tarde. Comimos unas campechanas crujientes y tomamos un poco de café que trajiste en un termo.
Al caer las primeras gotas nos subimos al coche y tomamos la carretera de regreso a la ciudad. La lluvia caía tan fuerte que dificultaba oírnos hablar. Después de muchos kilómetros dejó de llover, en la orilla de la carretera se había juntado tanto granizo que parecía nieve. Estacionamos el coche en el acotamiento y caminamos de la mano sintiendo el frío que se levantaba del hielo. Del paisaje recien lavado se subía una niebla espesa. En esa niebla alcancé a ver un futuro conjunto, nos vi sentados en una terraza tomando té en una tarde como esa. Nos vi riendo interminablemente, comentando una novela, oyendo algo de cello y simplemente estar.
Nos subimos en silencio al coche. Cuando uno comparte los sueños de la noche los del día también se mezclan.
2 comentarios:
Hay momentos de gran lucidez, en el que uno juega a ser vidente.
A veces no sé si es lo que vemos que pasará o sólo lo que deseamos con el alma, que pase.
Me gustó tu narración, muy rica.
que lindo texto, me encanta como describes los olores y sabores con el clima, dormir abrazados, que lindo...
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